Hitler en la Argentina en 1953: ¿Un secreto a voces que se confirma?

Por: Julio Lagos, Infobae

Quizás algún lector recuerde la crónica que publiqué en Infobae el domingo 9 de junio. Se tituló: Increíbles testimonios sobre la «misteriosa presencia» de Hitler en la Argentina, en la que comenté episodios narrados por el investigador Abel Basti en su libro La segunda vida de Hitler.

El más impresionante se refería a la misión secreta que en 1953 el entonces presidente Juan Domingo Perón le encomendó a un joven teniente del Ejército: llevar un maletín a una residencia de Bariloche y entregárselo en mano a Adolf Hitler.

¿Hitler vivo en la Argentina en 1953? Parecía un delirio, a contramano de la historia oficial que sostiene que el líder nazi se suicidó en su búnker en 1945.

Y como era necesario respetar un secreto familiar, no podíamos decir el nombre de aquel teniente.

Ahora, los hechos se han precipitado.

El 17 de agosto de 2019, a los 92 años, falleció el teniente coronel Julio Arturo Heil, quien 66 años antes fue parte de una historia increíble.
Y su familia ha decidido hacerla pública:

-Fue la voluntad de mi padre darlo a conocer una vez que él hubiese fallecido.

 

Me lo dice Alejandro Heil, uno de sus hijos, que comienza un relato hasta ahora inédito:

-Yo tomo conocimiento de esta historia cerca del año 2010, cuando mi madre me comenta que papá le había dicho que tenía una historia muy personal, muy íntima, que tenía que contarle. Se lo cuenta porque estuvo muy enfermo, internado en el Hospital Militar por una dolencia cardíaca y cuando le dan el alta vuelve a casa y habla con mamá. Le dice que tenía una historia que mantenía en secreto porque había dado su palabra de soldado de que la iba a preservar, pero como todos los protagonistas estaban muertos y era un hecho histórico y él se daba cuenta de que estaba próximo a su propia muerte, debía decírselo por la magnitud y la importancia de lo sucedido… Él tenía entonces 84 años.

-¿Y tu mamá que hizo?

-Le dijo «Coco esto tenés que contarlo, tenés que escribirlo, tenés que dejarlo asentado en algún lugar para que el día de mañana se dé a conocer, porque es un hecho muy importante. Y mi padre escribió estas carillas, que yo acabo de encontrar hace pocos días, entre sus papeles.

-¿Qué fue lo que le contó?

-En 1953, siendo oficial instructor con el grado de teniente en el Colegio Militar, lo llama el jefe de la compañía y le dice que se presente en el despacho del director, el general Maglio, que quería hablar con él. Mi padre se presenta y  junto al director estaba el general Franklin Lucero, que en ese momento era el Ministro de Guerra. Y ahí le dicen que el general Perón quería hablar con él, que se preparara porque al día siguiente lo iban a pasar a buscar a las siete de la mañana. A la mañana siguiente pasa a buscarlo un Mecedes Benz negro chiquito, de los que se usaban en la época, y lo lleva a la Casa Rosada. Ahí lo recibe un suboficial mayor, que lo acompaña hasta el despacho del general Lucero y de ahí van al despacho del presidente Perón.

-Fueron muchas emociones seguidas y en muy pocas horas para un joven oficial de 25 años de edad. Primero lo llama el director de la Colegio Militar, ahí lo conoce al Ministro de Guerra y luego al propio Presidente de la Nación… ¿Y Perón qué le dijo?

-Le preguntó si era descendiente de alemanes. Mi padre le contesta que sí y Perón le dice que va a cumplir una comisión sumamente reservada.

-¿Es cierto que le preguntó si hablaba alemán?

-Sí, así fue. Mi padre le respondió que no lo hablaba fluidamente, que sólo tenía conocimientos básicos. Jocosamente, Perón le comentó cómo con ese apellido no hablaba bien el idioma alemán, pero que de todas maneras iba a cumplir la comisión secreta que le iban a encomendar. «Las instrucciones precisas se las va a dar el general Lucero», le dijo. Así fue. Salieron del despacho presidencial y fueron al del ministro, que le dio un portafolio con una cadenita de pulsera. Y mientras mi padre se la colocaba en la muñeca, Lucero le dio las instrucciones: «Ahora el chofer que lo trajo acá lo va a llevar a la base aérea de El Palomar, desde donde van a volar a Bariloche. Este portafolios se lo va a entregar en mano al señor Adolf Hitler…»

Aquí congelemos la imagen.

Nos quedamos con este joven oficial a quien le mencionan el nombre del dictador nazi en tiempo presente, como si todo el relato de su muerte no existiera.

Enseguida volvemos a él y a su sorpresa ante la orden de Lucero.

Pero antes repasemos fugazmente qué estaba pasando en el mundo en ese 1953.

El general Dwight Eisenhower asumía la presidencia de los Estados Unidos, luego de haber sido el comandante de las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial. Fue el hombre que decidió no entrar a Berlín, permitiendo que lo hicieran los rusos. A su vez, en la Unión Soviética, moría Stalin y tras el interinato de Malenkov, Nikita Kruschev se convertía en el hombre fuerte. La llamada Guerra Fría entre Occidente y la URSS había reemplazado al anterior conflicto bélico entre los aliados y la Alemania nazi.

Volvamos a apretar play.

-¿Cómo reaccionó tu papá?

-Me manifestó que fue algo sorpresivo, que le llamó mucho la atención. Pero me contó que estaba tan compenetrado en cumplir esa directiva que no pensaba ni en comer ni en tomar agua. Me dijo: «Alejandro, yo era un joven teniente de 25 años, lo que más quería era terminar la comisión lo más rápido posible y volverme al casino de oficiales».

-¿Y cuando salió de la oficina del ministro Lucero qué pasó?

-En el relato que dejó escrito, mi papá cuenta que de la Casa Rosada el mismo chofer del Mercedez Benz negro lo llevó a la base aérea de El Palomar. Allí lo esperaban un capitán y un teniente primero pilotos, a cargo de un bimotor. El único pasajero era él, que tenía el maletín encadenado a la muñeca. Durante el viaje no hablaron. Hicieron escala en Santa Rosa, para reabastecerse y volvieron a despegar con destino a Bariloche, al aeropuerto viejo supuestamente. Ahí lo esperaba un oficial del ejército, un teniente primero. Mi padre no conoce el apellido. En un jeep del ejército recorren aproximadamente durante 45 minutos un camino de ripio que al principio tenía vista a un lago y ya después se meten en una zona boscosa hasta una tranquera donde los reciben dos personas de acento alemán, que lo acompañan a él solo al interior de un chalet entre los bosques tupidos de Bariloche.

-¿Entran directamente?

-Entran a la casa y las dos personas que él describe como corpulentas, altas, vestidas de civil, con acento alemán lo llevan hasta la entrada principal del chalet y ahí lo espera otra persona que lo acompaña por un pasillo hasta una sala donde estaba el señor que supuestamente era Adolfo Hitler. Mi padre cuenta que era una sala espaciosa, grande, con un ventanal que daba a una arboleda o un parque. Y la persona que supuestamente era Hitler estaba en un escritorio. Cuando a mi padre lo hacen ingresar se pone de pie, lo recibe y lo saluda. Mi padre dice que fue un saludo afectuoso. Se quedaron los dos solos. Le pregunta por el general Perón en un castellano dificultoso, le costaba pero hablaba en castellano. Mi padre se desengancha el portafolio de la muñeca y se lo entrega en mano. Intercambian dos o tres palabras, no hablan mucho y de una repisa que tenía detrás saca una botella de cognac con dos copas. Le sirve a mi padre, se sirve él y brindan por la Argentina y por Perón.

El hijo del teniente coronel Julio Arturo Heil utiliza el adverbio de modo «supuestamente». No quiere que una afirmación incomprobable -no existe el ADN retroactivo- pueda manchar el relato en primera persona de su papá:

Él suponía que la persona que había visto era Hitler, pero no podía saber si era un doble. A sus 25 años no lo podía afirmar. Suponemos que sí. Por el viaje, el lugar. Y además él cumplía las directivas que le habían dado el presidente Perón y el ministro Lucero.

Alejandro Heil agrega un dato inesperado:

-En la carta, en el relato escrito que mi padre escribió en 2011 a pedido de mi mamá, manifiesta que Hitler le dio un sobre para entregarle en mano al general Perón. Pero cuando hizo la grabación, hace unos meses, habló de memoria. No leía un texto. Quizás ya con 92 años, con el paso del tiempo, haya olvidado algunos detalles, porque ese dato no lo incluyó…

-¿Y cómo terminó aquella entrevista en Bariloche?

-Se despiden, se estrechan la mano, mi padre describe a la persona que ve similar a lo que se veía en los diarios que parecía ser Adolfo Hitler, un Hitler más viejo, más deteriorado, canoso, con bigote, con temblores en las dos manos, con un español rudimentario… Mi padre lo saluda militarmente, porque había ido de uniforme y se retira. Hace el camino inverso, otra vez el jeep, el avión desde Bariloche, otra vez El Palomar, el Mercedes Benz negro lo estaba esperando y lo llevó a la Casa Rosada. Nuevamente en el despacho del general Perón, esta vez luego de esperar un rato porque el Presidente estaba atendiendo a otras personas. Mi padre le da la novedad de que había cumplido la comisión, que había sido entregado el maletín y le entregó en mano lo que le había dado Hitler. Perón lo felicitó y le dijo que de su reserva está en juego su carrera y su permanencia en el ejército.«Déme su palabra de honor y de soldado que esto no lo va a comentar y se lo va a llevar reservadamente», le pidió. Y así lo hizo mi padre, porque recién cuando todos los protagonistas fallecieron lo reveló de un modo íntimo. Y él mismo ya estaba muy enfermo.

Cuando el teniente coronel Julio Arturo Heil estuvo a punto de morir, en 2010, le reveló a su esposa aquel secreto de la entrevista con el supuesto Hitler, cumpliendo una orden del presidente Perón. A instancias de ella -se llamaba Nelly- escribió la historia en seis carillas que son un documento de enorme valor histórico y que hoy reproducimos. Pero hay algo más:

-Cuando mi papá le contó su entrevista con Hitler, mi mamá le creyó porque él fue siempre un hombre de honor, incapaz de inventar historias. En ese momento, ella nos lo confió a nosotros.

-¿Y en ese momento vos qué le dijiste a tu papá?

-¡Yo no hablé del tema con él en ningún momento! Mi hermano y yo sabíamos, porque mi mamá nos había contado, pero jamás tocamos el tema con él. Sabíamos que lo había escrito, pero eso estaba con sus cosas. Cuando él escribió su carta nosotros no la leímos. Sólo tres meses antes de su muerte, en junio de este año, con mi hermano César, que vive en Córdoba, nos decidimos a hablar de esto con mi papá. Siempre respetamos a mi papá y su voluntad de que esto no se supiera hasta después de su fallecimiento. Con esa condición, él accedió a grabar un audio.

La grabación, a la que accedimos con exclusividad, es larga y detallada. Lo que sigue es la transcripción de uno de sus tramos principales:

«Me hace pasar. Hitler estaba sentado detrás de su escritorio. Se levanta, lo saludo, me saluda. Me pregunta por el general Perón. La pronunciación de Hitler era bastante difícil de entender. Se ve que le costaba hablar castellano. Le entrego la documentación secreta, cambiamos dos, tres palabras. Me pregunta cómo está el general. Después se da vuelta, saca una botella de cognac que tenía en un estante, dos copas y brindamos por la Argentina y por el presidente Perón. Me dice que le transmita sus saludos, yo le digo lo mismo, que le voy a dar sus saludos al señor general. Nos damos la mano, me retiro. El mismo oficial con el jeep me estaba esperando, subo. Volvemos al aeroparque de Bariloche que era de tierra, arena. Subo al avión que también los oficiales me estaban esperando… Se ve que ya todo estaba arreglado. Y en el más absoluto silencio regresamos a la base Palomar».

-¿Y la carta?

-Yo la acabo de leer por primera vez esta mañana. Fui a su casa y la encontré entre sus papeles. Le pedí a mi esposa que me acompañara, porque era una sensación muy dolorosa. Ir solo, tocar sus cosas. Y al tenerla en mis manos sentí una emoción muy grande, fue algo muy fuerte, porque leyendo lo que escribió era como escuchar su relato.

-¿Alguien más habrá conocido esta historia?

-Yo creo que sí, al menos al nivel del general Maglio, que era el director del Colegio Militar. Y del ministro Lucero. Pero mi papá suponía que nadie más.

-¿Recordás si alguna vez, en tu casa, tu papá habló de la Segunda Guerra Mundial o de Hitler? ¿O de la presunta presencia de los nazis en la Argentina?

-Directamente, no. Mi papá era muy reservado. Recuerdo que cuando yo era chico alguna vez se habló en casa sobe el tema de la Segunda Guerra Mundial, pero desde el punto de vista militar. Sólo una vez dijo que él no creía que Hitler se hubiese suicidado en el búnker. Y yo lo tomé como un simple comentario.

Según Abel Basti, investigador y autor de varios libros sobre el tema, el relato del hijo del teniente coronel Julio Arturo Heil demostraría que Hitler estuvo alojado en la estancia San Ramón, en Bariloche:

-Todo esto confirma lo que en su momento dijo Edgar Ibargaray, sobrino de un general de apellido Bonecarrere. Cuando le tocó el servicio militar lo mandaron a Bariloche y como chofer del destacamento estuvo dos veces con Hitler, en la estancia San Ramón. El mismo camino de ripio, el lago al costado, el chalet, el pasillo. Todo coincide. Pero cuando le dieron la baja y volvió a Buenos Aires, el tío le ordenó que cerrara la boca y nunca hablase del tema. Como ya falleció, ahora lo puedo contar.

¿Será que con el paso del tiempo se irán descubriendo nuevos secretos?

Si bien los protagonistas ya no están entre nosotros, es probable que sus descendientes encuentren documentos, recuerden episodios, asocien fechas y lugares.

Y se animen a hablar…

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