“It: capítulo dos”: genialidades, bellezas y desaciertos de una gran película de terror

Por estas horas es el estreno mundial de It: capítulo dos, la película que promete (y casi, casi logra) cerrar el círculo mágico de una novela épica sobre la amistad, los miedos, el poder de la memoria y la belleza de la ficción, o, como dice el propio Stephen King en la dedicatoria dirigida a sus hijos de esta monumental novela: «niños, la ficción es la verdad y la verdad de esta ficción es muy sencilla: la magia existe».

Una introducción a la novela más querida del autor que supo asustarnos en contextos en los que prevalece el amor, la amistad y la búsqueda de la sanidad emocional, y que es lo único que ayuda a escapar de las relaciones tóxicas que pueden ser más peligrosas que un monstruo con patas peludas que llegó en un meteorito y se ha convertido en un payaso decadente.

Y es que todos aquéllos que han leído IT hace años (se publicó por primera vez en 1986) nunca se fueron del todo de ella. No importa qué edad tuvieran cuando la leyeron o cuál fuera la historia de su infancia y su círculo de amigos. Para empezar, seguramente sí compartían con estos amigos de la ficción alguno de sus miedos más irracionales y vergonzantes: miedo a que las figuras de los cuadros se movieran, o a que las personas en las fotografías los miraran fijo a los ojos, miedo a los placards oscuros o a las arañas. Miedo también al monstruo de la película de terror del momento: ya sea un vampiro o un hombre lobo, un psicótico con un cuchillo detrás de la cortina de la ducha, pájaros descontrolados y diabólicos, o una niña poseída que gira la cabeza 180 grados sobre su cuello y no tiene salvación.

También, si comenzaran a escarbar en la memoria encontrarán otros miedos: miedo al fracaso, a no ser popular, miedo al bravucón de la clase que encuentra siempre una oportunidad para agredir, miedo a contar los verdaderos sentimientos, miedo a un padre violento y represor o a una madre obsesiva y sobreprotectora, miedo al descubrimiento de la propia sexualidad. Otros miedos más ancestrales y presentes de manera colectiva como el hombre de la bolsa que te llevaba para nunca más aparecer o miedo a los peligros de andar de noche solos, el miedo a hablar con extraños y el miedo a… los payasos. Levante la mano quién no teme a un payaso.

Y, como todo buen clásico, aquéllos que no la leyeron saben muy bien de qué se trata It de todos modos: es la historia de un grupo de amigos que unidos y protegidos por la fuerza de su amistad logran vencer a un payaso malvado que aparece en las alcantarillas y promete que aquél que le de la mano flotará como un globo rojo. Es más, muchos de los que no la leyeron seguramente disfrutaron del horror de la miniserie de 1990 dirigida por Tommy Lee Wallace o bien, convenientemente 27 años después, la nueva versión dirigida por el director argentino Andy Muschietti en 2017. Y es que la magia de esta ficción radica en la fuerza de sus personajes y en la unión que en definitiva los salva de todo mal; y a todos nos gusta una buena historia de aventuras y miedo.

«El club de los perdedores» que protagoniza IT de Stephen King está compuesto por seis varones y una chica que todos aman, Beverly, y que será quien, por medio de un ritual bastante particular, mantenga unidos a estos chicos toda la vida. Bill, un niño tartamudo que pierde a su hermanito Georgie en un horrendo accidente en una alcantarilla, es el líder de este cónclave impensado que se embarcará en el verano de 1957 en una cruzada épica para terminar de una vez por todas con el mal que, cada 27 años, acecha a los habitantes de Derry. Solos están desvalidos, son impotentes, rechazados por los demás, acosados, solitarios. Juntos, sin embargo, logran una simbiosis que incluye muchas risas, confesiones, travesuras, el descubrimiento del amor, y sobre todo un propósito para vivir el verano infame que les espera.

Tienen algo en común: todos han visto a Pennywise, el payaso que se babea y cambia de tamaño, que se convierte en sus peores miedos, que camina por las paredes y hace hablar a los niños desaparecidos de Derry a través de las cañerías. Y es que Pennywise habita en los desagües cloacales de la ciudad, en el lugar más inmundo y oscuro del pueblo. Y allí bajarán los amigos, muñidos de información que Ben, el gordito más acosado del grupo, ha recopilado en sus largas horas de soledad en la biblioteca: cada 27 años en Derry desaparecen niños, luego sus cuerpos a veces son recuperados y parece que algo los ha mordido, les ha quitado una parte del cuerpo. Saben también que a ellos no se los ha podido llevar, aunque lo ha intentado, porque supieron enfrentarlo, porque no le han tenido miedo. Y es así como conocemos la historia de Pennywise, el payaso en IT, esa cosa, eso que se transforma y se adapta según los propios miedos y que muere —o desaparece— cuando un grupo de niños que cree en sí mismo y en el poder de la unión dejan de tenerle miedo.

Ahora bien, la novela de Stephen King consta de alrededor de 1500 páginas de historia. Y he aquí el por qué los hermanos Muschietti filman IT: capítulo dos. Y es porque esta novela está contada en un flashback. Los amigos vencen al payaso y juran que si vuelve a aparecer, ellos volverán —no importa dónde estén— a terminar lo que comenzaron ese verano. Y sí, 27 años después, cada uno de ellos recibe el llamado telefónico del único integrante del club de los perdedores que se ha quedado en Derry: Mike, el niño negro que había presenciado la muerte de sus padres en un incendio y al cual Pennywise se le aparecía en forma de manos incendiadas intentando abrir una puerta, es el encargado de hacer los llamados que traerán a (casi) todos de regreso al pueblo. Mike se ha quedado y ha investigado la historia de Derry. En varios encuentros con personajes míticos de este pueblo endemoniado va reconstruyendo las historias que comprueban una y otra vez que hay un sistema en la tragedia de Derry. Cada 27 años las catástrofes, las muertes colectivas y violentas, las desapariciones de niños se repiten invariablemente. Los lectores conocen a partir de los registros de Mike los eventos más escabrosos que hacen preguntarse por qué mejor la ciudad no desaparece y listo…

La novela va y viene en el tiempo y conocemos la vida que tienen cada uno de los miembros del club, sus miserias, sus penas, las formas que encontraron para sobrevivir a ese verano que marcó sus vidas. ¿O fue la infancia que tuvieron la que determinó el tipo de adultos en los que se han convertido? Y entonces, esta novela de terror o fantasía como muchos prefieren catalogarla, es una novela de iniciación y es un viaje al corazón de la infancia donde se conforma mucho de la personalidad, de las posibilidades e imposibilidades que luego nos condicionan.

Como en casi toda la obra de King, los niños sufren a los adultos que en general están rotos. La metáfora de Pennywise, de su llegada hace miles de años de otro planeta, de su necesidad de alimentarse del miedo que provoca no es diferente a la metáfora del doctor de Cementerio de animales que ya desde las primeras páginas siente una necesidad imperiosa de tirar a su familia de la camioneta y desaparecer para iniciar una vida nueva en soledad en Disney. O del escritor con bloqueo de El resplandor que descarga su frustración en su esposa y encuentra en el encierro claustrofóbico de ese hotel el alimento perfecto para dar rienda suelta a su carácter violento. Los niños en estas novelas encuentran justificativos sobrenaturales a las situaciones de sus vidas, es por medio de sus propias cualidades, sus fuerzas, la capacidad de reponerse al maltrato que se vuelven heroicos a pesar de ser, desde todo punto de vista, perdedores. Y sino pensemos en Carrie. Stephen King cuenta en su libro Sobre la escritura que escribió Carrie cuando supo que dos de sus compañeras del colegio que habían sido víctimas de bullying se suicidaron. Cuenta en el libro que él mismo las había maltratado bastante y que Carrie era en cierto sentido su forma de pedirles perdón. Las incomodidades, la falta de reconocimiento, la infelicidad, las frustraciones, las expectativas puestas sobre cada uno de nosotros y nuestra imposibilidad de estar a la altura es el hilo que entreteje todas las historias de King. El terror y lo sobrenatural son la metáfora de todo el dolor del mundo.

Los pueblos originarios están presentes en casi toda la obra de King y son sus rituales de sanación o el reclamo implícito de la apropiación de sus tierras y la desaparición de sus culturas los que vuelven una y otra vez a acosar a los vivos o, de maneras extrañas, a ayudar a eliminar el mal que los acecha. Cementerios, terrenos ancestralmente ocupados por los indios que fueron masacrados por el blanco conquistador, indios o descendientes de indios con sabiduría ancestral y sobre todo la importancia de los rituales. Y aquí es donde la versión de Muschietti pierde una oportunidad histórica.

En todas las versiones cinematográficas de It se hace referencia al «ritual de Chud», que se explica en uno de los últimos capítulos de la novela. En ese ritual, transmitido a Mike en una de sus investigaciones por la propia tribu, los amigos logran por medio de un conjuro y el uso de su imaginación derrotar al mal. Pero, hay otro ritual en ese mismo capítulo del que nadie quiere hablar. Es un ritual entre ellos luego de haber vencido al Pennywise/araña/monstruo (como quieran llamarlo), y protagonizado por Beverly. En un apartado llamado «amor y deseo» los amigos se unen para siempre y de manera irremediable. E incómoda. Y políticamente incorrecta. Pero es precisamente ese ritual el que le da sentido a la respuesta inmediata, incondicional de (casi) todos los miembros del club cuando, a principios de la novela, son convocados a volver. Ese ritual los lleva desde las entrañas, sin dudar, de regreso a su muerte si fuera necesario. Y si no pueden volver, habrá consecuencias más drásticas.

Las casi 3 horas que dura It: capítulo dos es un homenaje a los lectores de King. La película va intercalando escenas de It (2017) y los personajes se van encontrando en situaciones de niños y de adultos. El casting de actores es inmejorable ya que la simetría entre los actores que representan al club de los perdedores de niños y los adultos que regresan a Derry 27 años después comparten una gestualidad exacta, son espejos. El payaso, interpretado nuevamente por el cuarto joven del clan Skarsgård, Bill, lleva adelante la difícil tarea de dar miedo (o al menos incomodidad) y la elasticidad de su rostro y su cuerpo, la distorsión de la voz vuelve al payaso más aterrador que nunca.

Hay de todo: aparece Henry, el bully que había marcado a fuego el estómago de Ben con una H en venganza porque no le había ayudado en un examen final, el padre abusivo y golpeador de Beverly, el marido abusivo y golpeador de Beverly, la esposa de Eddie que es tan hipocondríaca como lo fuera su madre. Ben, que así como construyó ese verano de 1957 el dique que casi provoca una inundación en Derry, ahora construye edificios para que «la gente se pueda encontrar» mientras lleva una vida de lo más solitaria. Bill, que ha perdido su tartamudez y misteriosamente ha olvidado mencionar la muerte de su hermano menor a su propia esposa, y que es escritor de novelas de terror. En la película este alter ego de King sufre las críticas con respecto a lo difícil que se le hace terminar sus novelas. Todos le critican el final y le piden que los cambie para las versiones cinematográficas porque sus novelas nunca terminan. Y hay otro guiño a los lectores de King que sabemos que la novela podría haber terminado en la página 1000, pero no.

Lamentablemente, la corrección política o las restricciones del cine norteamericano ¿o la autocensura? le impidieron a Muschietti hacer un acto de reparación histórica e incluir de alguna manera el ritual que le da sentido a la unión maravillosa de estos amigos. Uno hubiese esperado algo del orden de lo heroico y alguna referencia aunque fuera sublimada que rescate ese otro ritual que les da a los amigos la fuerza para salir de la oscuridad y el horror que acaban de vivir. Sobre todo en una puesta que, por otro lado, intenta rescatar muchos aspectos nuevos de la novela y hace hincapié en su leitmotiv: que a pesar de todos los monstruos —imaginarios, reales o humanos—, a pesar del dolor y lo nauseabundo que puede ser el mundo, se puede sobrevivir si tenemos esos amigos, siempre perdedores pero nunca solos, con los que podemos contar.

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