Jorge Luis Borges: Un recuerdo y un poema dedicado a su bisabuelo, Coronel Isidoro Suárez, vencedor de Junín

Dice Borges de su bisabuelo el Coronel Isidoro Suárez :

Se llamaba Manuel Isidoro Suárez… Yo tenía unos 18 años cuando falleció mi abuela, que nos contaba las historias de él. Era hijo de Nicolás Suárez y Pérez y de Leonor Merlo y Rubio, nació en la esquina de San Martín y Cangallo, a tres cuadras de la Plaza de Mayo. A los catorce años se enroló como cadete en el Regimiento de Granaderos a Caballo y al año lo nombraron portaestandarte del tercer escuadrón; luego lo hicieron alférez y fué parte del Ejército de los Andes de San Martín cuando la batalla de Maipú. En la batalla de Junín comandó a los Húsares de Perú, un regimiento de caballería peruana y colombiana donde había pocos argentinos, ya San Martín se había ido, estaba a las órdenes de Bolívar y él comandó una carga de caballería que decidió la batalla. La batalla de Junín sería militarmente una escaramuza, sólo duró tres cuartos de hora y no se disparó un solo tiro, fue una batalla entre la caballería patriota y la caballería española y toda la batalla fue entre sable y lanza, y allí mi bisabuelo atravesó con su lanza a un español que había tomado prisionero al Coronel José Valentín de Olavaria, que era un amigo suyo, entonces él vio eso, fue al galope, y lo atravesó al godo, como se decía entonces, y le dio la libertad a su amigo, que era uno de los hombres más valientes del ejército de la independencia, pero, como Carlos XII, había una cosa a la que él le tenía mucho miedo, la oscuridad, no podía dormir en lo oscuro; Carlos XII de Suecia, para mí uno de los hombres más valientes que registra la historia, tenía miedo a la oscuridad también, Olavarría igualmente… Yo he dedicado demasiados poemas a mi bisabuelo, deben ser en verdad borradores… Sucre en las cartas que escribió a Bolívar hizo repetidos elogios de él… Era primo segundo de Rosas pero prefirió el destierro y la pobreza en Montevideo a vivir bajo su dictadura, le confiscaron los bienes y a uno de sus hermanos lo ejecutaron…” (Fuente: Dialogo de Borges con Harold Alvarado Tenorio Aquitrave.com)

Batalla de Junín: “Una batalla sin humo”

La batalla duró tres cuartos de hora. Fue breve y silenciosa. No se disparó un solo tiro. “Una batalla sin humo” dirá un historiador. Se inició a las tres de la tarde del 6 de agosto de 1824 y antes de las cuatro el resultado estaba decidido. Los hombres de ambos bandos pelearon como valientes. Las armas fueron el sable, la bayoneta y la lanza. Se dice que todos eran temibles con ellas. El triunfo de Junín preparó el desenlace final de las guerras de la Independencia: Ayacucho, cuatro meses después.

La batalla de Junín se libró en el lugar que se conoce como la pampa de Junín, muy cerca del lago que lleva el mismo nombre. El lugar no está muy lejos de Lima y se extiende al noroeste del valle de Jauja. Según los geógrafos, se levanta a cuatro mil metros sobre el nivel del mar.

Las tropas españolas estaban a cargo del general José de Canterac, un bravo y decidido jefe realista que ya le había dado sus buenos dolores de cabeza a San Martín. Bolívar será el jefe de las tropas criollas. En sus filas cabalgaban soldados y oficiales argentinos. También peruanos, colombianos y venezolanos. Se trataba de un ejército americano.

Más allá de los datos históricos impresiona la imagen de dos ejércitos lanzados a la carga armados con lanzas y sables. Impresiona la ausencia de estampidos, el ruido acerado de las armas, el jadeo de los combatientes, los gritos de guerra, esos gritos que dan los soldados para intimidar al enemigo y darse coraje a ellos mismos. Un cronista dirá que a la distancia lo que más impresionaba era el silencio. El silencio hace más patética a la muerte.

Es verdad que la batalla fue breve, pero al mismo tiempo se me ocurre que debe haber sido eterna. Jorge Luis Borges plantea algunas hipótesis. Lo hace, entre otras cosas, porque el héroe de la jornada fue un bisabuelo suyo -el bravo coronel Manuel Isidoro Suárez-, inmortalizado en tres excelentes poemas que deberían leerse en las escuelas.

A la victoria de Junín, las crónicas se la atribuyen a BolívarEs una verdad a medias y, para más de un historiador, menos que una verdad a medias. Formalmente él dirigió a las tropas, pero la victoria se obtuvo gracias a un malentendido y una genial desobediencia. Si esto no hubiera ocurrido, la suerte de las armas criollas habría sido la derrota. Bolívar no sólo no tuvo mucho que ver con la victoria sino que después se dedicó a intrigar contra los héroes de la batalla. Ciertos protagonismos, el caprichoso niño Simón no los perdonaba.

Se sabe que en una batalla, por lo menos en las batallas del siglo XIX, la elección del campo es tan decisiva como el posicionamiento de las tropas. Estas dos consideraciones parece que no fueron tenidas en cuenta por Bolívar. También se sabe que el despliegue de los soldados es importante. No hace falta ser Aníbal o Napoleón para admitir que las columnas deben desplegarse con amplitud, eludir las encerronas que a veces presenta la geografía. Nada de eso se le ocurrió hacer a Bolívar. Su infantería estaba mal posicionada,.

El que inició la primera carga fue Mariano Necochea. Fue una carga frontal. Seis escuadrones de granaderos lo seguían. Fue un encontronazo duro y sangriento donde las fuerzas criollas no salieron bien paradas. Necochea, un oficial que entonces no tenía treinta años, recibió catorce heridas, fue derribado y tomado prisionero. La misma suerte corrió José Valentín de Olavarría.

Para ese momento, la suerte de las armas criollas estaba echada. Bolívar ya se preparaba para escribir el parte de la derrota y sus principales oficiales se esforzaban por transformar la previsible desbandada en una retirada más o menos prolija. En esas circunstancias, el azar, la inspiración, o la mezcla de ambas cosas, es el único auxilio que puede asistir a un ejército. El soplo de los dioses rozó, en este caso, al mayor Andrés Rázuri, del escuadrón de Húsares. Y es en ese momento que Isidoro Suárez ingresa por la puerta grande de la historia encabezando una carga de caballería demoledora que habría de paralizar a los realistas, para luego hacerlos huir en desbandada.

El balance de la batalla: más de 250 españoles muertos contra 45 criollos caídos en combate. Suárez, con su arrojo, no sólo había dado vuelta una batalla; también había rescatado a Necochea, muy mal herido pero aún con vida.

Como para tener una idea aproximada de cómo en esas batallas los soldados se jugaban la vida, recordemos que Necochea sufrió catorce heridas, 4 sablazos en la cabeza, un brazo amputado y otro con una pérdida de 3 dedos. Increiblemente, Nechochea sobrevive… no le había llegado la hora; morirá veinticinco años después habiéndose dado el lujo de participar en esa otra gran batalla nacional que fue Ituzaingó.

El otro héroe de Junín, fue Olavarría. También fue un guerrero de la Independencia que peleó al lado de San Martín en Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Cuatro meses después, el 9 de diciembre de 1824, Olavarría participará en la batalla de Ayacucho, la última gesta patria contra la dominación realista.

Pero los grandes laureles de la jornada se los llevó el bravo coronel Isidoro Suárez. Sobre él, las mejores páginas las ha escrito su bisnieto, Jorge Luis Borges. “Página para recordar al general Suárez vencedor de Junín” es un poema bellísimo donde Borges identifica a Junín con la patria, con el símbolo de todas las gestas nobles que hicieron la patria: “Junín son dos civiles que en una esquina insultan a un tirano”, concluye. Para los curiosos o indiscretos que quieren saber de qué habla Jorge Luis, les recuerdo que el poema está escrito en 1953.

No sólo Borges habla de Junín. También habla de los héroes de esa batalla una letra de tango firmada por Enrique Cadícamo. Con pudor, el tango “Tres amigos” dice en uno de sus versos:  “… los espero en la esquina de Suárez y Necochea”… los héroes de la batalla de Junín.

 

Página para recordar al Coronel Suárez, vencedor en Junin
Qué importan las penurias, el destierro,
la humillación de envejecer, la sombra creciente
del dictador sobre la patria, la casa en el Barrio del Alto
que vendieron sus hermanos mientras guerreaba, los días inútiles
(los días que uno espera olvidar, los días que uno sabe que olvidará),
si tuvo su hora alta, a caballo,
en la visible pampa de Junín como en un escenario para el futuro,
como si el anfiteatro de montañas fuera el futuro.
Qué importa el tiempo sucesivo si en él
hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde.
Sirvió trece años en las guerras de América. Al fin la suerte lo llevó al Estado Oriental, a campos del Río Negro.
En los atardeceres pensaría
que para él había florecido esa rosa:
la encarnada batalla de Junín, la orden que movió la batalla,
la derrota inicial, y entre los fragores
(no menos brusca para él que para la tropa)
su voz gritando a los peruanos que arremetieran,
la luz, el ímpetu y la fatalidad de la carga,
el furioso laberinto de los ejércitos,
la batalla de lanzas en la que no retumbó un solo tiro,
el godo* que atravesó con el hierro,
la victoria, la felicidad, la fatiga, un principio de sueño,
y la gente muriendo entre los pantanos,
y Bolívar pronunciando palabras sin duda históricas
y el sol ya occidental y el recuperado sabor del agua y del vino,
y aquel muerto sin cara porque la pisó y borró la batalla…
Su bisnieto escribe estos versos y una tácita voz
desde lo antiguo de la sangre le llega:
—Qué importa mi batalla de Junín si es una gloriosa memoria,
una fecha que se aprende para un examen o un lugar en el atlas.
La batalla es eterna y puede prescindir de la pompa
de visibles ejércitos con clarines;
Junín son dos civiles que en una esquina maldicen a un tirano,
o un hombre oscuro que se muere en la cárcel.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También puede interesarte:

Close