Saavedra: Cómo viven los tres monjes del único monasterio bizantino de Sudamérica

Tres monjes bizantinos viven hace trece años solos en un apartado monasterio, el único de Sudamérica de ese credo, en la quietud de las sierras de Curamalal, en el Partido de Saavedra.

Siguen las normas monásticas que estableció en el siglo noveno Teodoro Estudista, sin ninguna modificación. Se rigen por el calendario juliano, que tiene trece días de diferencia con el nuestro, el gregoriano. Rezan mirando al Oriente («Cristo dijo que iba a volver por allí»), se alimentan de su propia huerta y se curan usando la «medicina de Dios», con hierbas medicinales que hallan en las montañas.

Forman parte de una de las 24 Iglesias Católicas Orientales y si bien responden al Vaticano, su «Papa» es el Patriarca de Kiev, Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk. «Usamos el castellano, pero nuestra lengua es la eslava litúrgica», aclara el hieromonje (monje y sacerdote) Dionisio. Separados de la Iglesia romana desde el año 1054, el Monasterio Bizantino de la Transfiguración es un tesoro espiritual, abierto a la comunidad. Sus lecturas de cabecera son los libros que dejaron los ermitaños los primeros años de nuestra era. «Somos una realidad comunicante y nuestras tranqueras están siempre abiertas», agrega este monje.

La única referencia para llegar al monasterio es una cruz con tres travesaños (la cruz bizantina u ortodoxa), uno -el más cerca de la tierra- inclinado. El solitario símbolo está al costado del camino de tierra que lleva al Abra del Hinojo.

El primer travesaño corresponde a donde estaba la inscripción INRI, el segundo donde le clavaron los brazos a Jesús y el tercero (el inclinado) a los pies, la diagonal que apunta arriba representa al ladrón que se arrepintió de sus pecados y se direcciona al Paraíso, la de abajo, al otro ladrón que no mostró arrepentimiento, y marca la ubicación del Infierno.

«En aquel entonces el cardenal Bergoglio nos dio el visto bueno», recuerda el padre Sergio (David Argibay, de 54 años) sobre los días en los que soñaban con construir el monasterio. Ambos eran seminaristas en La Plata. El consejo del que hoy es el Papa Francisco, les iluminó el camino.

Estuvieron unos años en Los Cardales, pero no lo sintieron como el lugar elegido. «Sabía que teníamos que estar en un lugar retirado, pero no inalcanzable, cerca de las montañas», confiesa Dionisio. Pigué, y su bella zona, resultó el espacio ideal.

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